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DESAFÍO VERTICAL

AUTOR: Jose Juan Agudo

Ya no puedo más!. Me bajo. Dentro del dilema entre lo que sabía y lo que sentía se encontraba la llave de acceso a aquella fabulosa cima arrinconada en el extremo ártico de la evocadora Alaska.

agudo_int_435-2Las cimas que nuestros proyectos o los retos de nuestras empresas nos plantean a diario no difieren mucho de lo que allí viví hace ahora 2 años junto a un equipo de otros 3 alpinistas. Vivo con esa convicción desde entonces. Alcanzar cotas nunca exploradas, aun cuando parecen estar por encima de nuestras posibilidades de alcanzarlas, pocas veces se consigue si antes no se ha dedicado a ello mente, corazón, esfuerzo, tecnología, rigor y una pizca de buena suerte buscada.

Pisar el techo de América del norte, el Monte Mckinley, con sus gélidos 6.194m supuso una dedicación de 12 meses de preparación física, otros tantos de preparación psicológica, 3 semanas de expedición invernal, 18 horas de ascensión por las aristas cimeras y finalmente 5 minutos para estar en la cima. ¡Cinco minutos!. Se que puede parecer absurdo.

Como quiera que sea, algunas cotas, ciertos objetivos, no se pueden medir por el retorno de su esfuerzo. Hay apuestas en las que las matemáticas del resultado final no funcionan al nivel lo que pierdo o lo que gano, al menos no a corto plazo. Pasado un tiempo desde aquella experiencia caigo en cuenta de que los hitos que marcan el rumbo de algunas personas, de algunos equipos o de algunas organizaciones pocas veces tienen que ver con la sofisticada manera en que se aplican métodos para garantizar resultados. La mayoría de ellas acaban correlacionando con el estado anímico de quienes las ponen a funcionar.

Es curioso que ninguna gran hazaña del ser humano se haya conseguido porque a priori el resultado estuviera garantizado. Parece que la incertidumbre es un ingrediente fundamental en la fórmula que desata el potencial que todos llevamos dentro.

Por alguna desconocida razón que rige nuestra naturaleza humana casi siempre aprendemos en el precipicio, cuando llegamos al borde de las situaciones y eso fue lo que nos sucedió en 2010 cuando en compañía de 3 compañeros a los que casi no conocía hasta entonces alcancé la cima del Mont Mckinley, en condiciones deplorables, poco o nada románticas ni dignas de heroísmo alguno. Aquel pedazo de hielo de 6×6 no entendía de proezas humanas.

La montaña, sus bucólicas imágenes, su historia de hazañas y aventuras no es si no una alegoría de lo que nos toca vivir hoy en día en nuestras empresas y proyectos. Es necesario planificar, es imprescindible operar lo mejor que uno sabe, sin embargo, siempre hay que considerar un factor de descuento: nada es seguro al 100% en ningún terreno de la vida en general y de lo arriesgado en particular. Nadie puede vender el éxito.

En Alaska bastaban 40 minutos de tormenta ártica para dar al traste con meses de preparación, de estrategia calculada, de dinero personal invertido y acabar con tu ánimo para continuar. El cambio y la incertidumbre es lo único que podíamos considerar como constantes fijas y esto te hacía replantear la estrategia por completo. Había que sacar el empuje y capacidad de avance de otras fuentes.

En aquella montaña tan bella pasar de los 5.700m era el punto de no retorno. Cuando pones tantas cosas en juego (tus ahorros, tu propia vida en algunos momentos) pensar en volver atrás es la última de la opciones y sin embargo lo piensas a menudo, esa es la verdad. El único asidero válido en situaciones de gran estrés emocional cuando todo sopla en contra es creer con todo lo que eres en tus propias posibilidades sin una sola grieta de duda y poner tus habilidades al servicio de tus compañeros de travesía. Hecho esto hay que seguir avanzando y saber esperar. Aquel fue mi particular secreto.

Hoy más que nunca nuestra forma de cooperar los unos con los otros requiere de buenas dosis de inteligencia y creatividad para intentar lo que aun no ha sido intentado, dejando a un lado las pesadas mochilas del individualismo y luchas de intereses. Si algo tiene la montaña es que te enseña a considerar el juego en equipo como una ley universal incuestionable.

Se asoma un cambio de paradigma, se intuye, ya estamos en el. Si algo me quedó realmente grabado en aquellas laderas fue que la fuerza que surge de juntar a personas que se mueven por una misma obsesión es una fuerza descomunal, es la fuerza de la resiliencia. La capacidad para continuar y levantarte cuando todo se tuerce y pierdes tus propias perspectivas no es algo que se pueda sacar de la chistera a voluntad. Requiere ser entrenado y es más bien el fruto a un proceso y no tanto un recurso o un extra. Durante las largas horas de ascensión por sus valles y aristas, laderas y crestas, el mantra “no puedo más´” acudió a mí miles de veces y pude sucumbir a ello en cientos de ellas. Habría tenido sentido hacerlo. Pero en los meses previos me había preparado para acostumbrarme a aquella voz y a creerme que uno siempre puede un poco más y que esa es nuestra grandeza.

Todos podemos entrenar la resiliencia, cada cual a su manera y nivel. Todos tenemos situaciones y contextos que no queremos, que no aceptamos o que ni siquiera hemos elegido. Estos son los que de verdad ofrecen la posibilidad de actuar más allá de nuestras posibilidades conocidas y evolucionar, como profesionales, como equipos , como organizaciones y sobre todo como seres humanos.

Encontremos las montañas de nuestras carreras profesionales, las montañas de nuestros equipos, las de nuestras organizaciones y tratémoslas como desafíos verticales que requieren de gente comprometida, planificada, entrenada, capacitada y que sepan jugar para el equipo porque comprenden que hay cimas imposibles en solitario pero que en compañía se convierten en verdaderas fuentes de motivación y crecimiento.

 

“Todos tenemos la capacidad de ser resilientes, pero solo unos pocos deciden utilizarla!”

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